Salí de viaje. Anímate.

Y de tanto guardarlas.

Escrito por andatedeviaje 10-12-2018 en Viaje. Comentarios (0)

Podría escribir largos versos esta noche, y creer que comenzar así un texto sería digno de un reproche. Evitaría hablar de las estrellas, y de cuanto la extraño, más también evitaría decir que ya no la amo. Debería decir que en sus ojos me perdí bajo un cielo infinito, y no dudaría de tan preciosa afirmación. Nombraría su cuerpo, sus tardes, su compañía, y sería todo tan trillado. Finalizaría diciendo que este sería mi último relato, aquí dejo todo lo que he experimentado. Me copiaría de Neruda, de su poema XX con exactitud. Sería más fácil para mí leer y re leer sus textos, que intentar transmitir en estas letras tantos sentimientos desfachatados.

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 A este presente, que me otorga un regalo a cada instante. A estas letras, que de tanto escribirlas y no compartirlas me terminan por enfermar. Sinuosos caminos han de presentarse, noches largas y oscuras que acechan el fulgor del alma, fuegos enormes azotados por tempestuosos vientos huracanados, plantas ancestrales afloran nuestros más profundos recovecos humanos. El Sol del Este que trae vida no negocia jamás. 


A la Luna.

Escrito por andatedeviaje 10-12-2018 en Viaje. Comentarios (0)

La noche estrellada se hizo presente en mis recuerdos, y fruto de la más bella imaginación fue el verme sentado sin preocupación en una piedra de montaña. La conexión con los astros, el viento diáfano, los nuevos aromas; ¿no son acaso suficientes para dejar todo atrás? ¿Qué legado puede dejar aquel que no cumple sus propios sueños? Las charlas extensas pierden su sentido si no se sustentan en las bases de un luchador empedernido.  Viaja, si así te lo pedís a vos mismo. Escucha con mucha atención, en particular esos momentos en los que crees que no tienes la razón. Cuando todo te resulta apagado, obnubilado e inclusive oscuro, es en donde tu propia luz sale a flote. 

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¡Río, ¿Dónde estás?! ¿Acaso tu ausencia en esta ciudad es la causa de los malestares? Dignos de buenaventura quienes hallan su paz a la vera de aguas calmas. Han sido los vientos quienes han legado en mis oídos todo aquello que he realizado; escaparle a mi corazón es atroz. ¡Norte, aguárdame! ¿Recuerdas mis palabras Universo? Las ciudades siempre seguirán siendo ciudades, así que guárdame un recoveco de esperanza en tus vastos caminos de abundancia. 


Momento de extrañar.

Escrito por andatedeviaje 09-06-2018 en amor. Comentarios (0)

Yo, a vos, no te conocía. Directamente, simple y sencillo. No te conocía, y cuando llego el momento de retirarme, tan solo habían pasado meses de conocernos. No fue una historia de años, tampoco estuvo cargada con hijos. Fueron cinco meses, y sin embargo, siento que conviví con vos por años. Que no me equivoque cuando dije que te conocía de otra vida. ¿Y qué habremos sido en otra vida? ¿Habremos sido madre e hijo? ¿Buenos amigos, tal vez? ¿Una pareja feliz, o una pareja infeliz? Ya van meses desde que no te veo, que no sé donde estas, ni como estas. Si estás bien, o si estás mal, ni siquiera sé si estas viva. Hasta ese punto, desconozco sobre tu paradero. Por un momento, llegue a pensar que las cosas deberían haber sido de otra manera. Que en el día treinta y uno, debí haberme retirado dejando la puerta de nuestra relación abierta. Luego pensé, que en el día ciento dos, hubiera sido conveniente agarrar mis cosas e irme. Retirarme, afrontando mis errores, y dejándote cargando los tuyos junto a tu buena merced. Así por decantación me vi en los últimos días de nuestra relación, en los últimos peldaños de una escalera que conduciría a un pasillo de dolor y desencanto indefinido. Al recordarme en esa situación, considere que lo más apropiado hubiese sido retirarme en esos instantes, darte un beso de despedida y alejarme, cargando mis cosas o sin ellas, dejándote con el corazón a duras penas lastimado, con la oportunidad de respirar aire fresco renovado y evitando todo este mal estar pesado. Y así pasan mis días, últimamente. Recordando los momentos que hubiesen sido propicios para retirarme, recordando el o los errores que causaron tanto dolor. Me veo frente al espejo y ya no me reconozco, y mi propio ego expulsa gorgojos desde las entrañas a causa de tanta pudrición interna. Luego pongo en duda si lo que hice fue realmente tan grave, como para intentar socavar tanto dolor, en esos momentos que mi propia idiotez pone en cuestionamiento mi sensatez, dudo. ¿Cómo puedo dudar, de algo que vos misma expresaste, y yo admití? ¿De dónde proviene tanto dolor, si lo que hice no fue realmente tan grave? ¿Acaso este vomito que experimento, no es producto de querer sacarte de mi cuerpo y de mi mente? Todo esto fue, es, y será tan grave como lo planteaste. Abuse de vos, y si bien tus palabras no fueron expresadas en persona, un mensaje por vía telefónica bastó. ¿Es qué acaso merezco perdón? Jamás. Debí haber muerto esa madrugada que me detestaste.

El abuso no tiene porque ser como lo creí hasta hace poco tiempo. La insistencia repetitiva, el desear por demás un cuerpo, el desencanto frente a los métodos anticonceptivos y el rechazo a la negación, también son abusos cuando se habla de amor libre. Es que por momentos, recuerdo que queríamos tener hijos. Que habíamos charlado seriamente de irnos a vivir juntos, te imaginaba abrazando un niño o una niña entre tus brazos, nos veía juntos por tanto tiempo. Luego recuerdo tu consentimiento al no usar preservativos, recuerdo tus frases en mi oído esa noche en Humahuaca antes de separarnos, y recuerdo tus gestos de horror y desencanto cuando no llegaba tu menstruación. Recuerdo tu firme decisión de no querer tener un niño, y recuerdo muy firmemente mi insistencia de mantener relaciones sin cuidados. Eso, es abuso. Por momentos, intento perdonarme o decirme que no fue tan grave, y siempre algo me recuerda que estoy equivocado. Hoy, por ejemplo, termine de leer un libro. Mientras lo iba leyendo, el protagonista tenía razón de enojarse con su novia por desconocerlo, por faltarle el respeto, por cerrarle todas las puertas de su casa, y yo me sentía tan identificado. Pensaba a mis adentros que no era la única persona que había cometido un error, que inclusive en esta historia con tintes misóginos había algo de lógica, un pobre intento de excusarme utilizando el ya vago discurso de haber sido criado en una sociedad patriarcal. Cuando iba llegando al final, comencé a entender que si el protagonista podía irse en su moto tranquilamente luego de haber maltratado a su compañera, de alguna manera yo también podía hacerlo. Fue en ese momento que el autor me recordó lo equivocado que estaba. Al protagonista lo mataron con un cartucho de caza en un bosque. Yo, hubiese merecido lo mismo, en un monte.


Hoy escribo.

Escrito por andatedeviaje 09-06-2018 en Viaje. Comentarios (0)

Hoy redacto desde la seguridad de mi habitación. Sí… creo que es mía. Si puedo decir que algo me pertenece, o no, sinceramente no lo sé. Ya pasé mucho tiempo acá. Hoy redacto, y por esta habitación también pasaron familiares, por esta casa y por este barrio pasaron familiares. A su vez han pasado amigos, conocidos, y lejanos que ya desconozco donde se encuentran. El lugar desde el cual redacto, es mi habitación. Por la ventana, puedo ver el cielo nocturno nublado, y entre medio de las nubes veo una luna casi llena, que me hace recordar las noches de soberana lejanía. Es en este preciso instante, que redacto con miedo. Me encuentro con miedo, mejor dicho. Y me encuentro con un miedo que ya conozco, porque ya he cometido estos errores, ya los he vivido. Es el miedo a desconocer que me depara el futuro, y creer que en la seguridad de lo que me estipula la sociedad, está mi felicidad.

¿Va de vuelta?

Estoy sentado en mi pieza, a oscuras. Detrás de mí hay un colchón, y en él se recuestan Mora e Indio, dos perros hermosos que he visto crecer. Por la ventana de mi habitación, veo el cielo nocturno nublado, y entre las nubes la luna casi llena se asoma con su luz.  Estoy re cagado. Quiero salir de viaje, y me da mucho temor esta vez, y esta vez va en serio. Anteriormente, pude salir creyendo que al volver todo seguiría igual. Que la Universidad iba a estar ahí, que la firmeza de tener un trabajo estable iba a continuar, pero no. Me preocupa mi futuro, y no pienso en mi presente, ni siquiera me preocupo por él. No estoy trabajando, ni siquiera estoy estudiando, ya sea un curso de marroquinería o electricidad. Pasan mis días aburridos, sin saber qué hacer, creyendo que internándome en el semáforo voy a ganar algo. El mismo debiera ser para mí una herramienta de viaje, no un sustento económico permanente. Me preocupa pensar donde me quede, a donde quiero llegar. ¡BASTA DE MIEDOS! Quiero arrancar ahora mismo, quiero salir a viajar. No sé si es complicado o yo lo complico más. Quiero una carpa, y arrancar. Aunque sinceramente me da mucho pudor, o pena, el pensar en las posibilidades de expansión que hay en la ciudad. Estudiar me gusta, y me he dado cuenta de eso. Tal vez ahora no sea el momento, y eso me aterra. Me aterra la posibilidad de no poder estudiar, de perder hoy la oportunidad, y arrepentirme el día de mañana.

Ya basta de espamento, ¡por favor! Toma una decisión, mantenela, y se consecuente. 


Hoy decido.

Escrito por andatedeviaje 09-06-2018 en Viaje. Comentarios (0)

Sí hay mucho que decir, lo diré. Y si inclusive no lo hubiese, la redacción no podría detenerse.

Pasé más de cien noches pensando en vos, si quiera antes de conocerte. Sabía lo que tu presencia iba a producir en mi cuerpo. Sabía que al verte caminar iba a darme un terremoto dérmico entre los omoplatos y las lumbares. Algunos lo llaman mariposas en el estómago. Sabía que te iba a encontrar en el preciso instante que no te buscase. E inclusive, sabía que te iba a conocer en el momento que más a gusto, y más contento me sintiese conmigo mismo. ¿Vos crees en el destino, en la suerte? ¿Crees en las coincidencias, en las casualidades?

Las madrugadas que pase junto a vos fueron, son y serán irreemplazables. La lectura de cuentos con esa voz dulce y calma que tanto te caracterizo, no tendrá perdida en mi memoria. El saberte contenta estando a mi lado, deja huellas más fuertes de lo que cualquiera pudo haber dejado. Tu mirada, tu respiración, tu simple compañía. Las formas adquiridas en cada momento que pasamos juntos, son dignas de ser guardadas en mí cajón de recuerdos.

Al momento que el alba confluía, tu despertar de todas las mañanas supo hacerse querer. El maté podía estar caliente o tibio, lavado o recién cebado… lo que lo hacía rico, era saber que lo compartía con vos.  Hoy puedo decir sin asegurar, que la confianza en los horarios matutinos es en donde mejor se hace notar. Hubo situaciones que no fueron de las mejores. Vi tus facciones demacradas cuando las dudas y las inseguridades comenzaron a despertar. En todo momento mi corazón pidió seguir. Sentía que ese era mi momento, que yo debía estar firmemente en ese lugar. Si, en ese lugar… junto a vos.

Los mediodías y las tardes fueron una tras otra, dignas de enmarcar en un cuadro. ¿Exagero? Desde mi punto de vista, son uno de los mejores recuerdos que llevo. Cuando el anochecer comenzaba, me ponía contento saber que una vez más ibas a estar a mi lado. Dejaba un claro signo de buenaventura el saber que una vez más, yo iba a estar a tu lado. ¿Me estoy alargando de más? ¿O estoy siendo demasiado melodramático?

Hoy, llegan las noches. Vos, ya no estás más a mi lado. El frío se siente más crudo en la seguridad y en la comodidad de mi cama tenue y solitaria de habitación citadina, que perdido en el medio del monte junto a tu compañía. Me he sentido mas de cien noches como un naufrago varado en Buenos Aires, sin saber cómo se encuentra su amada. Noche tras noche, le pedí a las estrellas que te cuiden. A la noche ciento uno, recordé.

Recordé demasiado. Recordé mis ilusiones, también mis seguridades. Recordé el primer día que te vi, y el primer beso que nos dimos. Esa noche, recordé tus besos y tus insultos. Así mismo, tus caricias y tus menosprecios. Recordé el dolor, y sobre todo, recordé el amor.

A la noche ciento uno, recordé que yo no era un naufrago y vos no eras mi amada. Fue esa noche cuando yo te solté… vos ya me habías soltado hacía rato. A la noche ciento uno, decidí que yo no te cuidaba más, recordé que vos podías cuidarte sola. Recordé algo muy cursi; me dejo en paz el saberlo. Cada día y cada noche que transcurrimos juntos, tejí un mapa que guía hacia mi corazón. Antes de irme, te lo regalé. Si vos sos mi amada, y yo realmente soy ese naufrago, solo tenés que seguir las indicaciones.

… cambié de página, y casi que cierro el libro. Justo antes de cerrarlo sonreí. Me alegro saber que vos no caminas sola. Ahora, te acompañan mis mejores estrellas.